
Lentamente me desplazo por la vida. Todo se desarrolla en cámara
lenta, tan despacio que puedo controlar cada uno de los instantes, pensando
sobre cada uno una eternidad. Pero hay una variable que jamás tuve en cuenta a
pesar de la nitidez del mundo. Esa, que se esconde tras las cosas más normales
y te hace creer que jamás existió. Jamás creí en el destino. Y este se
aprovechó mi ateísmo. Atrapó en su escalera caracol a mi mundo seguro y
predecible y lo pateo tan fuerte que sentí como el futuro se quebró en miles de
pedazos. Adelantó el presente en cámara rápida y se tragó el control para que
no lo pudiera frenar. Me vi lanzada a una vida veloz que hace lo que quiere
conmigo y no solo no puedo controlarla sino que no puedo ni decir lo que va a
pasar al segundo siguiente. Desde entonces vivo corriendo de un lado para el
otro preguntándome que pasara después y riéndome de las sorpresas. Me di cuenta
que lo divertido de estar acá, es no comprender, no saber, no poder manejar
nada. Que todas y cada una de las cosas sean únicas e irrepetibles. No puedo ni
hacer que mis propios sentimientos sean como quiero. Estoy en un mundo de
locura y libertad donde las personas se encierran voluntariamente por miedo a
ser sorprendidos por su propio cuerpo. Pase de ser un destello tras la persiana
a ser una luz que brilla todos los días de un color diferente. ¿Y que si en el
camino me equivoco? Al final voy a tener mil anécdotas que contar y de las
cuales reírme. Lo que ayer ame, hoy lo odio y así el mundo sigue girando aun
cuando quiero agárralo y estrangularlo para que pare y se detenga en los
mejores momentos o hacer que saltee las partes feas. Sigue girando y girando y
ya me adapte a su ritmo, solo quiero a alguien que gire con él y conmigo a
nuestro absurdo modo.
