lunes, 28 de julio de 2014

Almas gemelas.


¿Qué si desde el principio del mundo Dios o quien quiera que haya creado todo solo hubiera hecho un número limitado de parejas? Como combos de a dos perfectos. Estos tenían hijos pero a la vez morían entonces reencarnaban y volvían inevitablemente a tratar de encontrar a su par, a su mitad. Claro la volvían encontrar fácilmente porque entre tan poca gente no era muy complicado y las restricciones sociales eran casi nulas. Pero el tiempo empezó a avanzar, el humano cambio, se diferencio, se especializo, creo y destruyo, descubrió cosas y extinguió otras. Mientras la especie avanzaba tecnológicamente y cambiaba culturalmente, se reproducía mas y mas. Claro los pares seguían existiendo como derivaciones infinitas de los pares originales. Eran fragmentos de los fragmentos de los fragmentos del original. Tanto avanzamos y poblamos el mundo que las posibilidades de encontrar un pequeño fragmento de nuestra mitad se redujeron tanto que los ceros delante del uno pasaron a ser incontables. La distancia nos empezó a complicar las cosas pero lo que básicamente nos destruyo como mitades, como buscadores del par, como piezas que perfectamente encajaban fueron nuestras propias restricciones. Cada vez la sociedad de cualquier parte de este mundo se limita mas a un biotipo, a un tipo de religión, de cuerpo, de nacionalidad, de tiempo, de color, de raza, de clase social, y numerosas etiquetas mas. Nosotros mismos somos los que nos imposibilitamos encontrar al otro. Nosotros mismos limitamos nuestra propia felicidad encerrándonos en fronteras invisibles. Y aunque por un milagro encontráramos a la persona que tiene el pedacito de nuestra mitad estaríamos tan metidos en nuestra bola de cristal perfecta que la rechazaríamos voluntariamente. Somos tan cínicos. Nos quejamos de que nadie es para nosotros, de que vamos a morir solos, sin esa persona que nos completa, pero probablemente ya le hayamos pasado por al lado y la hayamos menos preciado. Y lo más seguro es que dejemos este cuerpo y esta vida sin haber vivido con ese único pedacito que completa nuestra alma y volvamos en la siguiente todavía buscándolo y todavía rechazándolo. Pero ¿a mí que mi importa si después de mil vidas lo encuentro o si ya lo había encontrada mil vidas atrás? La única vida que estoy viviendo y sintiendo es esta.  Yo quiero a mi pedacito de mitad ahora. Y para eso tengo que superar mis miedos, destruir biotipos, y asesinar mis propias barreras, por más que cueste y que me haga sufrir. Porque si lo logro, me quedo con el fragmento de mi alma gemela que me mira desde su pupila creciendo cada vez que el ojo está más cerca de la oscuridad porque quiere hacerse notar y decreciendo cuando ve la luz porque sabe que donde está la luz esta su amor.

Lastimar.


Hay dos tipos de personas en el mundo: las que lastiman y las que son lastimadas. Por un lado están esas que son como un tornado, por donde pasan todo lo destruyen. No porque sean los malos sino porque son esa fuerza de la naturaleza que no se puede frenar, que no pueden cambiar por más que lo intenten y que avanzan llevándose por delante a cualquiera que se interponga en su camino hasta que desaparecen de repente. Su lema es: “Live fast, die young”. Del otro lado están los corderitos, los de los ojos de venado cuando ven que un auto los está por atropellar. Esos que jamás van a poder ser crueles. Los que se ponen a ellos mismos al final de la lista de cosas importantes. Los que hacen todo por los demás y son desvalorizados porque jamás te echan en cara lo mucho que se esfuerzan por hacerte feliz. Lo que lleva a que el resto se olvide o se acostumbre a estos cuidados y terminan dándolos por sentado. Los que ayudan y ayudan y creen en que para recibir cosas buenas hay que dar cosas buenas. Pero lo cierto es que la vida no es un supermercado, en donde pagas con actos solidarios y te vuelven felicidad y suerte. Las cosas en este mundo, al menos para mí, pasan de forma incomprensible y nadie ha logrado nunca descubrir la fórmula secreta para predecir el futuro. Por último están esos especímenes raros que por alguna razón del universo logran una especie de balance. Los híbridos. Esos que lastiman y son lastimados casi por igual. Eso es a los que todos aspiran. Es la clase emocional en la que todo el mundo quiere estar. Pero lo más importante es ¿En cuál estás vos?