Hay dos tipos de personas en el mundo: las que lastiman y
las que son lastimadas. Por un lado están esas que son como un tornado, por
donde pasan todo lo destruyen. No porque sean los malos sino porque son esa
fuerza de la naturaleza que no se puede frenar, que no pueden cambiar por más
que lo intenten y que avanzan llevándose por delante a cualquiera que se
interponga en su camino hasta que desaparecen de repente. Su lema es: “Live
fast, die young”. Del otro lado están los corderitos, los de los ojos de venado
cuando ven que un auto los está por atropellar. Esos que jamás van a poder ser
crueles. Los que se ponen a ellos mismos al final de la lista de cosas
importantes. Los que hacen todo por los demás y son desvalorizados porque jamás
te echan en cara lo mucho que se esfuerzan por hacerte feliz. Lo que lleva a
que el resto se olvide o se acostumbre a estos cuidados y terminan dándolos por
sentado. Los que ayudan y ayudan y creen en que para recibir cosas buenas hay
que dar cosas buenas. Pero lo cierto es que la vida no es un supermercado, en
donde pagas con actos solidarios y te vuelven felicidad y suerte. Las cosas en
este mundo, al menos para mí, pasan de forma incomprensible y nadie ha logrado
nunca descubrir la fórmula secreta para predecir el futuro. Por último están
esos especímenes raros que por alguna razón del universo logran una especie de
balance. Los híbridos. Esos que lastiman y son lastimados casi por igual. Eso
es a los que todos aspiran. Es la clase emocional en la que todo el mundo
quiere estar. Pero lo más importante es ¿En cuál estás vos?

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