miércoles, 25 de junio de 2014

Home.



No importa cuán viejas sean las paredes, cuanto polvo se haya acumulado adentro. No importa si ya no queda ni un solo mueble en el interior y si todo lo que había se fue. No importa si en invierno hace un frío insoportable y hay goteras en el techo o si en verano estar adentro es como estar en un horno. No importa que haya infinidad de lugares más cómodos, nuevos y disponibles. No importa cuántos años pasen, cuanto viajes por el mundo hagamos, cuán lejos estés de ese lugar abandonado que ya nadie aprecia. El día que volvemos a poner un pie de nuevo ahí, que volvemos a mirar esos  lugares vacíos, los ojos se nos vuelven a llenar de lagrimas, algunas de tristeza porque vemos a ese lugar que antes estaba resplandeciente de luz, oscuro y arruinado pero también hay otras de felicidad porque sabemos que nunca fuimos más felices que viviendo allí. Porque conocemos los secretos de la casa, cada razón tras una raya en la pared, cada historia tras las marcas en el suelo. No importa nada más porque lo que hace de un lugar nuestro hogar son los recuerdos. Es indiferente si lo que los demás ven son las cosas más mundanas de mundo, a través de nuestros ojos están llenos de una magia antigua e incomprensible para el resto. Están llenos de un amor viejo pero inmortal. Vemos en una carta, en una manta, en una flor marchita, el esplendor de lo que fue. Vemos un recipiente lleno de luces de colores que persisten los cambios y el paso del tiempo, que resistieron todas nuestras equivocaciones y locuras. Vemos algo que perdura en esta vida pasajera en la que nada se queda igual, que avanza más rápido de lo que podemos comprender y de las formas mas ilógicas. Encontramos algo que nos dice que lo que vivimos no se extinguió, que hay pruebas de que la felicidad existe, de que el amor es real, y que si una vez lo tuvimos, ¿Por qué no lo podríamos encontrar otra vez?

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