No importa cuán viejas sean las paredes, cuanto polvo se
haya acumulado adentro. No importa si ya no queda ni un solo mueble en el
interior y si todo lo que había se fue. No importa si en invierno hace un frío
insoportable y hay goteras en el techo o si en verano estar adentro es como
estar en un horno. No importa que haya infinidad de lugares más cómodos, nuevos
y disponibles. No importa cuántos años pasen, cuanto viajes por el mundo
hagamos, cuán lejos estés de ese lugar abandonado que ya nadie aprecia. El día
que volvemos a poner un pie de nuevo ahí, que volvemos a mirar esos lugares vacíos, los ojos se nos vuelven a
llenar de lagrimas, algunas de tristeza porque vemos a ese lugar que antes
estaba resplandeciente de luz, oscuro y arruinado pero también hay otras de
felicidad porque sabemos que nunca fuimos más felices que viviendo allí. Porque
conocemos los secretos de la casa, cada razón tras una raya en la pared, cada historia
tras las marcas en el suelo. No importa nada más porque lo que hace de un lugar
nuestro hogar son los recuerdos. Es indiferente si lo que los demás ven son las
cosas más mundanas de mundo, a través de nuestros ojos están llenos de una
magia antigua e incomprensible para el resto. Están llenos de un amor viejo
pero inmortal. Vemos en una carta, en una manta, en una flor marchita, el
esplendor de lo que fue. Vemos un recipiente lleno de luces de colores que
persisten los cambios y el paso del tiempo, que resistieron todas nuestras
equivocaciones y locuras. Vemos algo que perdura en esta vida pasajera en la que
nada se queda igual, que avanza más rápido de lo que podemos comprender y de
las formas mas ilógicas. Encontramos algo que nos dice que lo que vivimos no se
extinguió, que hay pruebas de que la felicidad existe, de que el amor es real,
y que si una vez lo tuvimos, ¿Por qué no lo podríamos encontrar otra vez?