Construí castillos y castillos de historias. Nadé en
infinitas sopas de letras. Armé y desarmé frases. Analicé sentimientos ajenos
millones de veces. Me sentí la protagonista de tantos cuentos diferentes y
hasta escribí unos pocos yo misma. Las ideas se atoraron en mi cabeza
suplicando por salir. Me senté en innumerables mundos y escenarios fantasiosos.
Me enamoré de tantos personajes hermosos y lloré la pérdida de muchos más. Jugué
a predecir lo que pasaría e inventé posibles futuros ideales. Me deprimí, me
puse feliz, grité y emocioné con tantos libros y también me enojé con aquellos
que no tenían los finales felices que yo quería ¿Pero cómo seguir enojada con
los libros de finales reales? Destruí mis ojos tratando desesperadamente de
escapar de la vida real, porque entendí que la fantasía es mejor que la
realidad. Que vivir los problemas de otros es mejor que vivir los propios. Pensar
en personas inexistentes es mejor que pensar en las que alguna vez fueron verdaderas. Alterné mi tiempo entre realidad
y fantasía, fantasía y realidad. Y casi pasé el mismo tiempo en cada una de
ellas. Con algo tan chiquito puedo viajar tan lejos y explorar tanto, que
aunque se que es raro y está mal pasar tanto tiempo perdida en laberintos de
ilusiones, no lo puedo dejar. Porque nunca fui tan feliz como adentro de un
libro.

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