Al principio no sentí nada. Fue como si todavía siguieras
acá. Como si jamás te hubieras ido. Capaz debido a mi mente infantil. Creo que
todavía podía verte en las cosas más simples de la vida. Todavía no había
cruzado ese límite que cruzan nuestras mentes cuando maduran y dejan de ver la
magia en todo. Como los niños con amigos imaginarios, que ven hadas en los
arboles o conversan con gente invisible y luego de grandes no recuerdan
haberlos tenido. Como si algo se les escapara cuando intentan recordar. No
recuerdo en qué momento dejé de verte en las plumas, las nubes, deje de
escuchar tu voz en el viento. Pero fue como si me arrancaran algo del pecho. De
verdad sentí mi corazón partido, más bien rasgado. Me di cuenta que me faltaba
algo vital para respirar. Y ese dolor descomunal, déjenme decirles, que es el
peor de todos y no se saca con medicinas ni operaciones. Hay que aprender a
vivir con él. Si y sepan también que todavía no sé cómo hacerlo. Ahora duele
con menos frecuencia pero con igual intensidad. Cada vez que te nombro se me
desgarra el alma. Por eso ya casi nunca digo tu nombre en voz alta. Solo te
llamo a gritos dentro de mi mente. Y te siento ahí, respondiendo mis suplicas,
pero nunca puedo llegar hasta ti, siempre estas fuera de mi alcance. Me arruina
no poder nunca alcanzarte. Siempre estás del otro lado del velo. Pero por lo
menos estás. Y te amo por nunca dejarme del todo. Porque jamás busque
superarte, solo quiero recuperarte.
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